Si les dijera que la puedo entrar en un castillo de noches porque la delata su dulce aroma a canela. No hay color que se le asemeje y la lagotería de su sonrisa empaña cualquier rincón. No puede esconderse de mí hasta que le diga que se case conmigo. Mi alma observa a la suya desde el otro cantón susurrando su nombre cada 3 segundos. Discutir con ella me golpea mucho pero la reconciliación es la dádiva que me sana. Sus ojos me brindan cualquier brillo y sus pestañas atraviesan el éter de mi cuerpo.
Puede complacer cada gajo de mi afección carnal y me acurruca con su ronroneo. Pues cada orgasmo cura cada herida que hay y puede existir en mi vida.
Ni el homicidio del mejor sicario va a poder librarla de pedirle la mano. Sus padres tienen mi nombre en su billetera.
~Sebas

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